Era obvio que ya no era la misma.
Las pasiones ya no le dolían.
Había dejado de buscar la verdad,
en ancianos libros, en textos antiguos.
Entusiasmarse con palabras,
cuya finalidad desde el principio,
era convertirse en cenizas.
En creer en respuestas,
contestadas de mil y una forma distintas.
Detenidamente observó el humo del cigarrillo,
que incorrupto y erguido,
hablando un lenguaje extraño,
al cielo, tan lejano, tan cercano,
ascendía, y moría
Con regusto amargo en la boca, pensó:
Así de insondable e inextricable, es la vida.
