En un sereno atardecer entre el mar y la montaña
Sonaba la antiquísima campana de una ermita
Haciendo que mi mente volara a un remoto recuerdo
Que aun forma parte de mi yo
Donde los árboles se divisaban por los senderos
La vida brotaba por las verdes praderas
Donde en el silencio se escuchaba
El cascabeleo del río cristalino en su descenso
Y la luna cómplice de su sueño aventurero
De arribar al mar y así permaneciera imperecedero su cascabeleo
Lo miraba expectante, escapando aquel bello ritual al
intelecto
En un sereno atardecer entre el mar y la montaña
Sonaba la antiquísima campana de una ermita
Haciéndome regresar al ceniciento y descorazonador presente
Donde una caterva de embaucadores con aire hierático
Predicando con vacua verborrea
Habían prendido fuego a los árboles
Violado las entrañas de las verdes praderas
Vuelto el agua de aquel río cristalino, negra
¡¡ Pobres árboles, que caracterizaban el lugar!!
¡¡ Pobres praderas, que la vida en ellas enmudeció para siempre¡!
¡¡ Pobre rio cristalino, que ahora sus aguas descienden negras¡!
Y lo mismo que han pasado quinientos millones de años
Desde que se extinguió el Anomalocaris
Cuantos tienen que trascurrir para que sigamos permitiendo tanta
crueldad infringida
a la madre Gaia sin sentirnos culpables por ello
Acaso tienen que pasar trescientos setenta y cinco millones
de años
Desde que Tiktaalik se le ocurrió salir del agua
Para que dejemos de andar de un lado para otro con permisividad
con omisión impropia y
con miedo

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